Ingmar Bergman: Gritos y Susurros. Uf.

Miércoles 3 de septiembre:

Respira ya la tibieza del otoño en el aire, sin embargo, el aire es suave. Mis hermanas Karin y María han venido a verme. Qué grato es estar juntas de nuevo. Como antes.

Yo me encuentro mucho mejor. Y podremos dar las tres un largo paseo. Será un gran acontecimiento para mí, que hace tanto tiempo que no salía de casa.

De pronto, todas empezamos a correr riendo hacia el viejo columpio de nuestra infancia.

Nos sentamos en él como buenas hermanas y Ana nos mece lenta, agradablemente.

Todas mis penas y dolores se habían desvanecido.

Los seres a quienes más quiero en este mundo estaban allí, conmigo.

Percibía la presencia cercana de sus cuerpos, el calor de sus manos.

Quería detener el tiempo y pensaba:

.

.
Pase lo que pase, esto es la felicidad, la felicidad, no podría desear nada mejor.

Ahora, durante estos minutos, puedo gozar una absoluta plenitud, y siento una gratitud inmensa por la vida que me colma, que tanto me da.

 

Y así, las lágrimas y los suspiros se desvanecen.

 

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